CARTA DE GERMÁN: DONDE ANIDA EL AMOR

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Hace un año y medio, la bonhomía de una persona como Cristina me abrió, laboralmente, las puertas de este centro. (Gesto que no dejaré de agradecer). Hoy, después de no tanto tiempo, me siento estrechamente unido a todo lo humano que rodea esa enorme tarea que ella dirige. Me ha provocado y siento una enorme satisfacción por pertenecer o tan sólo, ser una pequeña parte del pequeño gigante que es SER. Gracias Cris y gracias a todos los que día a día hacen de este lugar un espacio de contención irreemplazable. Ger.

 

DONDE ANIDA EL AMOR.

 

Hay un sitio escondido a plena luz del día, donde descansan las penas y se relajan las emociones.

No es sólo un solo sitio, son miles en mil lugares, donde replican ecos de lamentos similares.

En huequitos del mundo se guardan, sin esconderse, seres de carne y hueso y sin diferencias sociales.

Sitios politeístas de todo color de piel que se arrebujan en una banca, una silla o un sofá.

Miran de soslayo o disimulan que miran, cuando pasan frente a ellos, aquellos que les recuerdan la razón de estar allí.

Algunos abren un libro y leen sin leer, otros, ojean viejas revistas, pasando página tras página con marcado desinterés.

Por momentos, el silencio es largo y cruel, porque despierta fantasmas. Y los ocasionales ruidos de la calle se transforman en un bálsamo para el alma porque disipan por un rato los pensamientos dañinos.

Hasta que, como en un estallido, se oyen unas palabras. Las mismas se asemejan al aplauso encendido del final de un aria en el propio teatro di San Carlos en Nápoles.

Lo mágico sucede, tras la primera palabra, brotan tímidos diálogos que finalmente se transforman en una conversación animada, sin gritos ni ademanes ampulosos. Y se suceden sin final, palabras y más palabras que cuentan de sus verdades. Allí, en ese sitio todo vale, donde ser auténtico es una forma de vida plural. No existe el ocultamiento. Ese es el lugar y el momento para medir el volumen y peso de cada mochila. Cada patología tiene oídos atentos, se llaman síndrome o se contraen en siglas… ecne, pbo, pc, acv, tea, tel ,tgd… y los síndromes se acompañan de nombres:  Asperger , bebé azul, cohen, West, Down; Duschenne… Nada finaliza, porque la lista es larga. Nada calma porque todo lastima. Nada puede disminuir un solo ápice el dolor que acompaña cada uno de esos nombres.

Desde otro sitio observo y pacientemente espero.

Tímidamente, quizás, brota una pregunta hacia donde estoy.

Es, justamente cuando ofrezco una respuesta, en que se abren las alas imaginarias de todas las aves que están allí.

Como si hubiesen estado esperando ese instante para abrir sus mentes y dejarlas desnudas a la vista de todos.

Y en evidente búsqueda desesperada de respuestas para cada uno de sus interrogantes, liberan su garganta.

Salen de sus bocas palabras cristalinas que desesperan por una frase pequeña, un fuego tibio, un trago dulce que les permita soñar con una esperanza.  

Conozco a cada uno y cada quién. Se de sus sufrimientos y esperanzas.

Ya he llorado ayer, ora la muerte literal, ora la muerte que espera. He contenido y abrazado.

Conozco cada patología de sus seres amados.

Observo, callado, la acción de cada quién. Niños, niños y más niños…

Duele, cómo duele saber la verdad!!!

Muchas de esas gargantas saben y asumen las realidades que rodean sus mentes. Otros, no.

Unos muchos,  niegan lo real e inequívoco de un atinado diagnóstico. Otros, muy pocos, absorben y guardan muy profundo las verdades más lacerantes. 

Escuchan… cada palabra puede servir. No sé dar esperanza, sólo sé mitigar.

Pero no descanso, no abandono, no me alejo, no prejuzgo, no estigmatizo, sólo los siento dentro de mí como si tragara fuego.

He aprendido a permanecer callado para acompañar un pensamiento, a hablar cuando se necesita y a llorar… bien lejos.

Busco en cada rincón de mi mente, en todos los huecos de mi alma, la fuerza necesaria para “escucharlos”, no oírlos, abrazarlos si lo piden y apretar con confianza otra mano que se extienda.

No necesito gimnasia previa para dar…

Fue siempre el don más importante que Dios me ha regalado. Dar… lo que tenga, como lo tenga, cuanto tenga, dar lo que no me dieron, dar siempre más de lo que debiera, siempre dar.

Para dar solo se necesita abrir la mente, el alma, el corazón, los oídos, y las manos…

Y si las manos se vacían, servirán para acariciar una espalda cansada y con mucho peso. Si las manos se vacían deberán servir para abrazar, estrechar un cuerpo, sostener otras piernas, más débiles que las propias.

Este concreto y raro mundo donde hoy puedo estar presente, me permite sentirme humilde y liberar mi corazón. Puedo pararme en la cima del cielo si arranco una sonrisa, me adelanto a una caída o, sencillamente me bendice una vez, un beso  con baba, mocos o  lágrimas. Es de una fortuna incalculable recibir espontáneamente un beso de esos.

Y a ellos, los que siempre están esperando a los que sufren, y que son los que sufren por los que están esperando. A ellos,  ato a la grupa de mi caballo alado mientras sueñan en sus sillas, callados, solitarios y con sus esperanzas vivas como el fuego del herrero… y los llevo conmigo de paseo, por un  rato. A observar otros sitios y otros seres. Aquellos que desde el valle nos saludan o los otros, los del lago, los que nos ignoran porque no miran hacia arriba.

Les dibujo sueños, les pinto bordes a los caminos de esperanza para que al oscurecer, brillen y no pierdan la referencia.  Mientras, avanzan  lentamente las hordas maléficas a ocupar el lugar de la de la utopía,  que segundos antes reinaba en sus pensamientos.

Pero, al igual que una manada de Suffolk, ni la aparente débil abuela, la niña acompañante,  o el fortachón de un  papá, dejan de tirar de sus carros. Con orgullo muestran sus pechos y los músculos de largos brazos que sostienen cuerpos inertes o empujan sillas rodantes.

Pasó otro día, pasó otra terapia, pasó un colegio, pasó un transporte y volvemos a casa…

Allí ya no los veo ni los oigo, pero los siento.

Sé que están allí y que no todo ha terminado en el día. Sólo las aves privilegiadas podrán ir a dormir cuando el sol se ponga. Otros, aún tienen tarea que hacer. Y no toda la noche es dormir… no todas las noches se puede dormir.

Y amanece otra vez… y el tío vivo comienza a andar… Su música y sus colores llaman a vivir un nuevo día. Las emociones se trepan a cada ser y se acomodan como pueden. Ellas conviven con cada quien y ornan sin luces ni arabescos, esos cuerpos.

Algunos ensayan una sonrisa, otros callan y retoman la tarea del día anterior sin saber siquiera qué día fue el anterior. Sólo está latente siempre, la tarea que hay que hacer.

Yo los espero con calma y los veo regresar, como golondrinas en primavera. Cada uno con su sueño entre sus brazos, cada otro con sus brazos sobre sillas… Pero al instante de ingresar, regresa la sonrisa y el deseo de callar, de mirar sin mirar y abandonarse a pensar…

Yo los admiro, valoro inmensamente su fuerza cotidiana, sus anhelos, sus ilusiones, sus expectativas, sus luchas y su constancia. Enseñan a vivir, son la vívida imagen de la esperanza, el concreto trabajo del amor.

Y yo sé donde anidan cada día. Allí los espero y esperaré, mientras Dios me permita ofrecer hasta la última gota de lo que pueda dar…